La vez que olvidé la fantasía en una tarea de escritura

Una reflexión sobre investigación, atmósfera y las historias que terminan encontrando su propio camino.

Hace algunos años estaba cursando un taller de escritura creativa enfocado en relatos cortos. Como parte de las tareas semanales, las profesoras solían inventar ejercicios destinados a sacarnos de nuestra zona de confort y desarrollar nuestras habilidades. Una actividad en particular consistió en tomar distintos elementos al azar y obligarnos a encontrar una historia en medio de ellos.

La dinámica era simple. Las profesoras armaban una especie de ruleta con distintos géneros, temáticas y ambientaciones, y a cada alumno le tocaba una combinación distinta. La gracia era justamente esa: evitar que uno terminara escribiendo siempre las mismas historias y obligarlo a encontrar algo interesante en una mezcla que probablemente nunca habría elegido por su cuenta.

A mí me tocó fantasía, drama adolescente y una ambientación inspirada en el mundo árabe antiguo.

No parecía imposible, pero tampoco era una combinación que hubiera elegido por mi cuenta.

Y aquí es donde la historia toma un pequeño desvío.

Entrando en el universo narrativo

Lo primero que hice fue intentar encontrar una voz para la historia.

Hay algo en ciertas historias ambientadas en Medio Oriente, Asia Central o el antiguo Imperio Otomano que siempre me ha resultado fascinante. No sabría explicarlo exactamente, pero tienen una atmósfera muy particular: una manera distinta de construir imágenes, de utilizar las metáforas y de hacer hablar a los personajes. Yo quería capturar esa sensación.

Así fue como terminé leyendo sobre los jenízaros del Imperio Otomano, revisando textos históricos y volviendo a ver fragmentos de El Clon, una teleserie brasileña que probablemente muchos recuerden por el tío Alí y su manera tan característica de hablar. También acabé viendo capítulos de El Sultán, una serie que nunca me había interesado cuando estuvo de moda.

No estaba buscando datos ni fechas para volver el relato más preciso. Lo que buscaba era una atmósfera. Quería entender cómo hablaban esos personajes, qué imágenes utilizaban para interpretar el mundo y qué elementos hacían que esas historias se sintieran tan inmersivas. Mi objetivo no era recrear un período histórico con exactitud, sino lograr que el lector sintiera que había entrado en él.

Mientras más investigaba, más claro tenía el mundo donde quería situar la historia. Y poco a poco, también comenzó a aparecer aquello que quería contar.

Entre dos mundos

Cuando llegó el momento de escribir, me di cuenta de que había algo de la consigna que no terminaba de convencerme.

La etiqueta decía “drama adolescente”, pero mi cabeza no se iba hacia romances imposibles ni discusiones familiares. Lo que me interesaba era otra cosa.

Siempre he pensado que gran parte de la adolescencia tiene que ver con la identidad. Con intentar descubrir quién eres, dónde perteneces y qué lugar ocupas en el mundo.

A medida que investigaba sobre los jenízaros, hubo un aspecto de su historia que comenzó a llamarme especialmente la atención. Muchos eran reclutados siendo niños o adolescentes desde comunidades sometidas por el Imperio Otomano y enviados lejos de sus familias para recibir educación, entrenamiento y un futuro que, en otras circunstancias, jamás habrían tenido.

Empecé a preguntarme cómo se sentiría crecer en medio de esa contradicción.

¿Qué ocurre cuando te arrancan del lugar donde naciste, pero tampoco terminas de pertenecer al mundo al que te están preparando para ingresar?

A partir de esa pregunta surgió la academia donde transcurre el relato y los personajes que la habitan.

Lo que terminó atrapándome no fue la ambientación histórica, sino ese conflicto. Porque, aunque el contexto fuera completamente distinto, había algo profundamente adolescente en sentirse atrapado entre dos mundos.

Esa sensación de estar en tránsito, de no encajar del todo en ninguna parte, me parecía mucho más cercana a la experiencia adolescente que cualquier romance o pelea familiar que pudiera haber escrito.

Como los árboles

Este fue finalmente el titulo elegido para mi historia. No venía de mis lecturas sobre el Imperio Otomano, ni de los jenízaros, ni de ninguna de las referencias que había estado investigando. Venía de mucho más atrás.

Durante mi infancia escuché muchas veces a mi madre decir que los árboles debían ser guiados mientras crecían, porque una vez que habían tomado una dirección era muy difícil enderezarlos. Hablaba de plantas, por supuesto, pero como suele ocurrir con ciertas frases, terminó quedándose conmigo mucho después de que olvidara las conversaciones donde la había escuchado por primera vez.

A medida que la historia fue tomando forma, me descubrí regresando una y otra vez a esa imagen. Jóvenes en plena formación. Personas intentando descubrir quiénes eran. Maestros convencidos de que todavía era posible moldear su destino.

Era inevitable que los árboles terminaran encontrando su lugar dentro del relato.

Y así llegaron a boca de uno de los hagas:

“A esta edad los aprendices son como los árboles. Debemos formarlos firmes o el viento del mundo los tirará.”

Recuerdo haber escrito ese párrafo y sentir que, por primera vez, entendía qué era lo que estaba intentando contar.

Por si sienten curiosidad, pueden leer Como los árboles completo aquí: Como los Árboles

El pequeño detalle que pasé por alto

Con los años he vuelto varias veces a ese ejercicio.

No porque crea que ignorar las consignas sea una buena práctica. De hecho, mis compañeras tenían razón cuando señalaban que me había alejado bastante de lo que se esperaba. Si uno revisa la tarea objetivamente, la fantasía debía ocupar un lugar mucho más importante del que terminó teniendo.

Sin embargo, también fue una de las primeras veces que entendí algo sobre mi propia forma de escribir.

A veces uno comienza investigando un mundo y termina encontrando un tema. La tarea pedía fantasía; a mí terminó interesándome la identidad, la pertenencia y esa etapa de la vida en la que todavía estamos intentando descubrir quiénes somos.

Mirando hacia atrás, no me arrepiento del desvío. Quizás Como los árboles no fue exactamente la historia que me habían pedido escribir, pero sí fue la historia que necesitaba escribir en ese momento.

Y sospecho que esa es una de las razones por las que todavía la recuerdo.

Nota: Este artículo nació a partir de un video que publiqué originalmente en TikTok y YouTube. Si prefieres la versión resumida (y con menos divagaciones sobre los jenízaros), puedes verla aquí: Como escribí un relato corto